
Con este, en lo que va de año, se podría decir que ya he tachado dos juegos de lo que yo llamo mi lista negra personal, o en otras palabras, aquellos RPG con los que he tratado de introducirme repetidas veces, pero que por unas u otras razones, nunca he llegado a congeniar. El primero de ellos, en el mes de abril, fue
Aidyn Chronicles: The First Mage para Nintendo 64. Y el segundo, este Shadowrun para Genesis. Centrándome ya en él, mi primer intento fue allá por el 2011, justo después de terminar
la versión para Super Nintendo, que me dejó prendado por su increíble atmósfera y contexto. En aquel momento, para ser sincero, esta entrega para la consola de Sega no me atrajo lo más mínimo, ni su estética, ni su perspectiva visual, ni su música, y tras pocas horas de juego, siempre terminé aparcándolo. Han sido varias tentativas desde entonces pero, por fin, a la enésima he conseguido alcanzar de lleno ese punto de enganche. Y confieso que no solamente ha sido un alivio el quitarme esta espinita, sino que además, ha resultado (curiosamente, tal como me sucedió con la susodicha aventura de Nintendo 64) ser una de las experiencias más adictivas, sorprendentes e inmersivas de cuantas he tenido a los mandos en este 2024.