
Este año, en concreto el próximo mes de Junio, se cumplirán exactamente 30 años desde que
Illusion of Time cayó en mis manos. Después, entró en mi Super Nintendo… y así, de golpe, pasó a formar parte inseparable de mi vida. Treinta años, se dice pronto. Parece algo tan lejano… y sin embargo, cuando evoco recuerdos y sensaciones de aquellos momentos que marcaron mi existencia para siempre, vuelvo a verme ante él como si fuese ayer, con músicas e imágenes que se reproducen de forma cristalina en mi memoria. Durante dos años, lo jugué sin descanso, empalmando el ending con el principio, fascinado, enamorado, dejándome arrastrar una y otra vez por su inquebrantable hechizo. Me cautivó de tal modo que, a mis 13 años, ya pensaba que nunca más volvería a vivir nada igual. Entonces, en el 24 de Agosto del 97, llegó
Terranigma… y con él, mi mundo volvió a dar un giro de 360 grados. Incluso el tremendo impacto que supuso
Illusion of Time quedó empequeñecido en comparación con la fuerza ciclónica con la que las vivencias de Ark irrumpieron en mí, y me elevaron a una dimensión sensorial muy alejada de cualquier cosa que hubiese vivido anteriormente frente a una consola. Aquello fue algo muchísimo más allá de lo concebible en una simple experiencia lúdica. Y lo sigue siendo a día de hoy.